18 de Agosto de 2012, 12:32 PM
No importa cuánto vivimos, sino cómo.
– Philip James Bailey, Festus
Hacía tiempo que no visitaba esta casa, y estar ahí me traía muchos recuerdos. Los colores eran rojizos como nunca había visto en ningún otro lugar donde había vivido, y los aromas a humedad me recordaban una infancia de juegos y aventuras. La ciudad tenía esos efectos: recuerdos amontonados a través de los años en un sólo lugar, en una sola imagen sensorial. Ahora mi familia, compuestos por mi novia y mis dos perros, eran los que disfrutaban de la casa, y yo secretamente le daba un valor emocional especial.
No pasó mucho tiempo para que los perros encontraran su camino al patio que daba al frente de la calle. Realmente era un balcón de grandes dimensiones; sólo era un lugar que más abajo se convertía en fachada de un negocio. No importaba qué vendían, cada dos o tres años cambiaba de dueño y de rubro. No es algo que le importara a mis mascotas, ellas solo disfrutaban de correr en un espacio abierto y dejarse enloquecer por los ruidos de la calle y el vértigo de una ciudad desconocida; una falsa lejanía interrumpida con que prevenían accidentes.
Corrían, ladraban y se perseguían entre ellos. Era reconfortante verlos jugar así, notoriamente lo disfrutaban. Sin embargo, el espacio era poco para cinco cuerpos, y mi perro más grande tenía dos. Existía una razón para eso. Los cachorros desarrollaban dos cuerpos independientes. Uno crecía, se hacía fuerte, ágil y forjaba su actitud. Desarrollaba un pelaje hermoso y adquiría un tamaño considerable. El cuerpo menor desarrollaba poco pelaje y sobre él una capa protectora con indicaciones mágicas. La gente de ciencia las estudiaba, porque los símbolos eran obviamente significativos de algo: círculos perfectamente alineados alrededor de su cuerpo, con triángulos, ojos, cruces, puntos o a veces sólo circulos oscuros, inscriptos alrededor de su cuerpo en lo que parecía ser una capa de tela, que realmente era una extensión de su mismo pelaje. Varias creencias religiosas hablaban también de sus propiedades, pero nadie hasta ahora había llegado a una conclusión clara de qué eran y cómo funcionaban.
Estos cachorros subdesarrollados no disponían de ninguna habilidad especial. De hecho, era normal que nunca lograran un desarrollo completo. Nunca adquirían gran inteligencia, ni un cuerpo ágil. Mantenían la forma de cachorros de medio año de edad y no podían vivir en entornos peligrosos, porque su torpeza física fácilmente les jugaba malas pasadas. Su vida parecía desventajosa, una en que todo era amenazante, todo estaba en desventaja para ellos y sólo su cuerpo mayor creía y se fortalecía.
Pero la naturaleza siempre fue sabia. Pasados los años, el mal posee al cuerpo superior. Similar a una especie de enfermedad con forma de humo, lo ataca sin aviso previo y lentamente lo consume en un proceso doloroso y grotesco. El instinto de preservación de la especie llevaba a los cuerpos pequeños a defender a su cuerpo mayor, y en esa lucha es donde el menor pierde su vida. Su muerte es aquello que extingue ese mal del que poco sabemos y libera al cuerpo mayor. La magia que estos animales tenían era lo que los hacía especiales para combatir estos males. Según como resultara cada batalla era que los perros sobrevivientes tenían marcas que los identificaban. A veces eran manchas en su pelaje, a veces defectos físicos, a veces enfermedades crónicas, y cualquier punto intermedio o combinación de ellos. La ciencia tampoco ha podido determinar cómo era que este mecanismo funcionaba, pero nos habíamos acostumbrado a ello y a adoptarlo como parte normal de tener una mascota.
Sabíamos que el pequeño debía vivir para luego sacrificarse.
La moral que conocíamos nos enseñaba que ambos son parte del mismo ser, y por tanto no es cruel lo que estábamos permitiendo. En lugar de una muerte se veía a este proceso como una fusión que le permitía a los perros llegar a su etapa adulta y madurar con experiencia de qué tan malo podía ser el mundo, una muestra de lo que la naturaleza era. El discurso justificativo también incluía a la forma en que esto ocurría, en donde si los humanos no nutrían y entrenaban apropiadamente a ambos cuerpos, este evento resultaba en la muerte de ambos. “No es cruel si la naturaleza así lo hace”, predicaban algunos. Por tanto, era raro ver a perros sin dueño, porque nuestra forma de vida los adaptó para que necesitaran de nosotros.
Quienes no estábamos conformes con esa explicación nos preguntábamos si realmente era un único ser, o eran dos vidas distintas. Si lo eran, el único propósito de la pequeña era morir para que el cuerpo mayor sobreviviera. ¿Es eso realmente vida? ¿Es crecer para morir vida? La biología fríamente nos respondía que sí, e incluía a cualquier especie como ejemplo de ello. Pero estas ciencias no consideraban la cualidad de inteligencia o voluntad, que claramente ellos poseían. Eran un mismo ser, y una de sus extensiones, tan viva como la otra, debía dejar de existir para la primera. Como tal, una herramienta, pero como ser en sí, vivo.
El concepto de herramienta era una clave importante para acercarse a la respuesta. El perro pequeño era para el grande como mi brazo era para mí, suponiendo que mi brazo tuviera voluntad e inteligencia propia. ¿Era parte de mí? Claramente, sí. ¿Estaba vivo? No lo sabía. ¿Y si en lugar de estar apegado a mi cuerpo, estuviera levemente separado? ¿Sería parte de mí? Miré mi brazo, soñando despierto. No iba a poder responderme fácilmente, y tampoco sería la última vez que pensara en esto.
Volqué mi atención hacia mis perros nuevamente, quienes aún se divertían inocentemente. Algo simplemente se sentía incómodo. Algo no era como debía ser.


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