13 de enero 2011 8:20pm
Me encontraba tirado en la calle. No tirado en el sentido de abandonado o de en una posición lastimosa, sino sentado y relajado contra una pared de un edificio. Recuerdo que hacía calor, y que de alguna forma el frío de la pared me resultaba muy agradable.
Allí yo estaba manteniendo una conversación con mi novia y una amiga suya. Yo me encontraba vestido con una camiseta blanca y una camisa negra sobre ella, y ellas ambas tenían puestos pantalones de color de camuflaje militar, y mi novia además tenía puesta una gorra con los mismos colores, ambas tenían camisas blancas, aunque no eran del mismo estilo ni tela.
Mientras continúo la conversación amena, me percato de que a nuestro frente estaban unos soldados, que aparentemente tenían procedencia americana, y probablemente los relaciono con las personas de seguridad que están siempre presentes en la Embajada de Estados Unidos en Argentina. Dichas personas se encontraban muy firmemente paradas, vestidas con gorras pequeñas azules oscuras y pantalones azules. A la vez, poseían chalecos antibalas sobre camisas blancas, también de color azul oscuro. Se encontraban armadas con rifles, y aunque no soy un fanático de las armas, sí detecté que se trata de algún rifle de medio alcance, y de disparo automático o semi automático. Eso me sorprendió, no creí que hubiera tanto peligro por la zona como para estar tan fuertemente armados. Seguramente algo estaría pasando, y ese algo requería de mucha seguridad adicional. Intenté no pensar en eso y simplemente ser natural. De la forma en que lo pienso generalmente: yo no molesto a nadie, no van a tener razones para molestarme a mí.
Ví entonces a otros soldados que se alejaban de donde estaban estos primeros, pero estaban vestidos de forma distinta. Estos tenían chalecos, gorras y pantalones completamente color verde-camuflaje, a la vez que también se encontraban armados con rifles parecidos. Se alejaban lentamente, no parecía haber algún problema, pero en el detalle de la ropa, ví como uno de ellos apoyaba su rifle hacia atrás, dejándolo descansar sobre su hombro, y el cañón del rifle apuntando hacia los soldados.
Me alerté: claramente un profesional de las armas sabe que no es ni precavido ni tranquilizante para la gente el disponer de un arma en posiciones tan simples. Seguí mirando con atención.
El horror me llenó cuando vi como en esa posición, y todavía alejándose lentamente, ponía su dedo sobre el gatillo. Entonces entendí: la pose y el caminar tranquilos solo se trataba de una trampa, y de alguna forma querían asesinar a los soldados que se encontraban cerca nuestro. La razón era desconocida para mí, pero fuera lo que fuera yo sabía que ibamos a estar en la línea directa de fuego.
Interrumpí sin más la conversación y nos indiqué que teníamos que salir de ahí.
- “Vamos, vamos, fuera, fuera, fuera, fuera…”
Hice gestos con las manos y rápidamente estábamos los tres en una especie de espacio perdido entre edificios. Eran espacios simples, techados, donde lograba entrar la luz del día pero no había más que cañerías, maderas viejas, suelo con la tierra expuesta, y alguna que otra basura. Parecía que ni los vagabundos visitaban muy frecuentemente ese lugar. Las paredes parecían muy finas, y de alguna forma inexplicable, yo sabía que la calle se encontraba tras ellas ahora.
Escuchabamos disparos, gritos, que rápidamente iban aumentando en cantidad, y pronto las calles parecían un infierno, una guerra.
La explicación vino a mí entonces, en ese tiempo las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba habían llegado a un punto insostenible, y siempre se corrió el rumor de que una guerra comenzaría, no se sabía cuando, ni como. Imaginé que este no sería el inicio, pero sí probablemente sería parte de una estrategia para ataques sorpresa, que le permitiría a la dictadura cubana cierta ventaja sobre la superioridad bélica de los Estados Unidos.
Pero nosotros tres no queríamos tener nada que ver con todo esto. Por supuesto, no sólo no podíamos arriesgarnos a ser víctimas del fuego cruzado, sino que nuestros atuendos nos hacían participar de cada uno de los bandos. El color de mi ropa me hacía estadounidense, mientras que los colores de mis acompañantes hacía verlas cubanas. Por supuesto, siempre podríamos explicar que no sabemos nada de lo que está pasando y que no tenemos nada que ver… ¿pero nos creerían? En medio de semejante ataque sorpresa. Lo más probable es que no, o que de todos modos sufriéramos un par de semanas en interrogatorios abusivos. Ciertamente, no era lo que queríamos.
Este sitio pequeño tenía algunas secciones en las paredes que parecían ser ventanas, pero se encontraban tapadas por papel. Del otro lado desfilaban figuras de rostros, ahora todos con gorra, y a lo lejos por una salida yo podía ver las botas y los pantalones camuflados. Cada persona que pasaba por estas ventanas dejaba su queja personal, como si se desahogaran sin saber que había alguien adentro.
Pasó un hombre:
- “Los aplastaremos.”
Continuó su camino y pasó una mujer, llorando desconsolada:
- “Nunca podré perdonarles lo que me hicieron.”
Continuó su camino y pasó otro hombre, más bajo que el primero:
- “Puercos.”
Nuestro nerviosismo sólo iba en aumento, y sabíamos que saliéramos como saliéramos, no íbamos a ser bien recibidos a menos que pudiéramos mezclarnos entre ellos para luego escapar. Parecía que el ejército cubano eran los que llevaban la ventaja ahora.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por un chistido de alguien que quería llamar nuestra atención desde el extremo opuesto al que habíamos entrado. Me asusté profundamente, pensando en que nos habrían descubierto y que pronto seríamos todos cadáveres. Por suerte rápidamente pude reconocer el rostro, y se trataba de mi padre, que estaba vestido con un sweater polar completamente rojo y vistoso. Me hizo sentido que no hubiera tenido problemas, ya que además de evidenciarse que era un civil no relacionado, sus colores parecían avalar el comunismo. Según sus señas, comprendí que había encontrado un lugar seguro, y que tendríamos que salir de ahí.
Mis compañeras podrían salir, pero yo no, pasaría como alguien del ejército enemigo. Me hice a un lado para dejarlas pasar, y vi en sus rostros el interrogante de por qué. Pensé que no se harían esperar las preguntas, mi respuesta, las negaciones y la compasión y buena voluntad que tenían de no dejarme atrás, pero la situación era delicada y yo no quería arriesgar a ninguna de ellas, ni quería perder el tiempo para siquiera explicarlo. No sabía como hacer como para que lo entendieran y emprendieran su camino, y para ser sincero, no sabía tampoco qué haría yo después; sólo pensaba “Algo se me ocurrirá”.
Desperté. Todavía nervioso, paranoico, y culpable por una guerra en la que no participé y aún así soy culpable.
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