Sábado 26 de Noviembre de 2011, 5.37 AM

Gané consciencia de la nada. No estaba seguro en donde estaba pero por alguna razón, sabía que estaba en el tiempo más allá del año 5000. No me sorprende demasiado, no sería la primera vez que alguna de las invenciones del profesor Fansworth me envían a pasear a distintas épocas. Pero en este momento, mis fuerzas tenían que concentrarse en saber cómo podía volver a mi vida normal.

No tardé mucho en encontrar a Leela, lo cual era una sorpresa. ¿Cómo era posible que ella siguiera viva luego de dos mil años? O quizá ella también había sido transportada desde el año 3000. Quise preguntárselo pero su preocupación me detuvo. Realmente estaba consternada por algo.

Apuntaba con su mano hacia una escalera contra una pared. La escalera era gris y parecía una extensión de la pared misma, como si parte de la humedad hubiera adquirido posición horizontal para ser caminable en forma de rampa. No hice más preguntas y me acerqué a ella. La escalera me tragó con una fuerza extraña, y me encontré ante un gran pasillo, con Leela a mi lado.

El pasillo tenia a cada lado dos habitaciones. Podía verlas porque no tenían paredes, y su altitud era inconmensurable. Estaban iluminadas con fuertes luces amarillas, y parecían cubiertas de plantas en cada centímetro.

Comenzamos a caminar por el pasillo central.

Por cada cuarto que recorríamos, Leela me explicaba como el gran Ser de la Planta era benefactor para nuestro mundo y para nosotros. Ya había escuchado de los ecologistas y los vegetarianos, pero esto era ridículo. Hablaba de las plantas como si fueran, realmente, dioses. Ya no parecía la Leela de siempre. No la que yo conocía. No de la que yo me enamoré.

Parecería que mi cuestionamiento mental fuera escuchado por las plantas, porque sin tardar me enredaron con sus ramas y me llevaron por la tierra hacia sus raíces. Tras la tierra había más habitaciones, subterráneas, vacías y oscuras. Me depositaron suavemente en una con una tenue luz azulada desde el techo, y se alejaron.

Miré hacia la luz y la reconocí rápidamente. Era nuestro planeta Tierra, o, mejor dicho, una simulación del mismo. No se movía, sino que tenía una estela de luz azul en forma de cono que se extendía hasta apagarse, no muy lejos.

No tuve tiempo de preguntármelo siquiera y la respuesta vino telepáticamente a mi. Ese planeta era el presente que conocí, y esa estela de luz era el futuro que nunca existió. La raza humana había logrado la propia aniquilación no muchos siglos más tarde, pero una nueva copia del planeta más adelante representaba la obra de las plantas. Ellas lo habían reconstruido completo y habían tomado control de todos y cada uno de los habitantes en ella para la felicidad y la prosperidad de la raza.

Algo se sentía mal, pero al mismo tiempo parecería que ni había otra opción. Ellas eran realmente nuestros salvadores, podría pensarse que en cierta forma sí les pertenecemos. ¿Qué éramos, entonces, nosotros?