Burning

Cuando uno entra en el ámbito de la educación sabe que muchas cosas son planeadas y diseñadas a drede para que lo siguiente pueda ocurrir. Muchas otras veces, se trata de la audacia del educador, de realmente dejar de lado lo que estaba planeado para mejorar las vidas de sus estudiantes. Estoy casi seguro que este fue uno de esos últimos casos.

Adagio dolce: la escena

Tengo vagos recuerdos de cuándo ocurrió, pero estoy seguro de que fue en algunas de mis clases de escuela primaria, en donde teníamos educación básica sobre música. Aprendíamos lo elemental de esta materia, incluso cosas que al día de hoy he olvidado — y que de seguro no me vendría mal recordar. Nos introdujeron a conceptos como negras, blancas, redondas y corcheas. (¡¿Pensaron que hablaba de mujeres?!) Pentagramas, escalas, ritmos y golpes. No recuerdo haber estudiado nada sobre acordes, pero quizá sea algo que también aprendí y olvidé.

Llegamos a desarrollar el tema de las distintas composiciones musicales. Se nos ejercitaba para distinguir texturas y desarrollos de la forma musical (como por ejemplo, polifonías contrapuntísticas). Mucho de ello lo poníamos a la práctica con el estilo musical más variado que nunca existió: la música clásica. Aparte de nutrirnos de cultura, le dábamos un análisis más técnico a las obras que grandes compositores habían dejado como legado.

Allegro affetuoso: el cambio de planes

En algún punto estas clases tomaron un rumbo distinto. Ya no eran tan técnicas en su exposición, sino que nuestro profesor hablaba de aquellas cosas que inspiraban las obras que estábamos escuchando. Ya no hablábamos de técnicas, ni de estructuras; ni siquiera de historia, sino de sentimientos, miserias y alegrías, de guerras, esperanzas y luchas religiosas.

Durante las siguientes semanas, la clase de música fue como recorrer una serie de museos, escuchando obras que estaban inspiradas en la miseria humana o en su mayor esplendor, y servidos de proyectores, obras visuales (esculturas, pinturas, etc.) que eran el orgullo de la humanidad. Las piezas artísticas más importantes de la historia pasaba frente a nuestros ojos, infantes prepúberes que intentan aprender algo, con riqueza en contexto y un abismo de profundidad.

Recuerdo una de las obras musicales, sin recordar su autor o título, en donde la inspiración de la obra era la Pasión de Cristo y su muerte. Una obra por más aburrida, pero terriblemente oscura y desolada. Sonaban los violines como si fueran bruma en desiertos nocturnos. Fue entonces cuando mi profesor interrumpió, suavemente, diciendo:

— ¿Sienten la desolación? ¿Sienten la desesperación de saber que murió nuestro Salvador?

(Por si se preguntan, sí: era un colegio católico. Pero eso es irrelevante, ustedes entienden el punto.)

Claramente se sentía. Era difícil pensar que un compositor podría haber compuesto una obra así sin haber pasado por alguna etapa depresiva profunda.

Presto appassionato: el nuevo mundo para el que teníamos ojos

Clases después veíamos obras de reconocidos pintores. Recuerdo que el surrealismo llamó mucho mi atención. Yo sabía que esas obras tenían algo que decir, pero a diferencia de las demás, no lograba identificar el qué era con facilidad. Fue entonces cuando mi primera admiración por Dalí surgió (aunque después aprendí que él fue sólo uno de tantos autores magníficos del estilo). Y recuerdo también un cuadro en particular, The Burning Giraffe, que se dejó leer de forma perfecta.

The Burning Giraffe - Dali

Mi profesor repitió lo que yo había sentido en palabras: la jirafa en llamas era la desesperación del autor, darse a entender cuando no podía hacerlo. Yo comprendí inmediatamente, y sin indicación de nadie, que los cajones eran los secretos que cada humano tiene, terriblemente desagradables pero incompleto sin ellos. Entendí que las “palancas” eran la estructura social, que obligaba a la gente a comportarse de una determinada forma aunque esta así no lo sienta. Y no fue hasta hoy, día en que escribo esto, que aprendí que Dalí pintó esto antes de exiliarse a Estados Unidos, y la explicación del cuadro concuerda perfectamente con lo que describí.

Vuelvo a asombrarme de lo que quiero explicar: ¿cómo es que una obra puede transmitir tanto sin palabras, acciones o verbos?

Eso es, ciertamente, arte.

Y fue ese, mi profesor, quién dijo:

— No importa si cuando son grandes no recuerdan los autores o las obras, o los estilos. Importa que sepan sentirlos. Aprendan a sentir. Les va a abrir muchísimas puertas: sabrán ver cosas maravillosas, pero también cosas terribles. Es decisión de ustedes.

» Pero está bien, por eso somos personas: porque sentimos, y está bien aprenderlo. Por ahí ví — señaló el fondo del salón sin apuntar a nadie en particular — que alguien se cubría la cara para llorar mientras escuchábamos la obra anterior. Está bien que así sea, está perfecto.

Andante malinconico: lo que nunca se olvida

Pasaron los años, y las décadas, y las ciudades y los países. Pero esta habilidad fue probablemente una de las más valiosas que nunca pude haber aprendido, y las que más me han cambiado la vida. Seguramente, también, una de las que me hagan más humano que cualquier otra habilidad. Seguramente habría adquirido esta capacidad sin su ayuda de todos modos, pero gracias a él le puse una atención especial para disfrutarla dentro de lo posible.

Y aún después de tanto tiempo me pregunto: ¿cómo logró enseñar una habilidad tan profunda y tan íntima para cada persona? Todavía no lo comprendo, pero no dudo que son facultades de un verdadero profesor.

Y por eso, DG, te estaré siempre agradecido.